Eres un caramelito

caramelo

INDAGACIÓN 2

     Resulta que un fulano americano tuvo la siguiente experiencia al ser operado: “¿Te han mandado los médicos? Eres un caramelito”. Era Jason Mortensen, todavía medio grogui por los efectos de la anestesia, tras haber sido sometido a una larga operación en la que se le trató una hernia. “No, soy tu mujer”, respondió ella divertida, mientras sostenía el móvil y grababa la secuencia. “¿Mi mujer?-comentó él. Me ha debido de tocar la lotería”. Jason m.http://www.elconfidencial.com/tags/temas/internet-9342/

     Después colgaron el vídeo en internet. Llevan 13 millones de visitas. Me alegro por él, su mujer es guapa. Es una noticia hermosa. Peor hubiese sido lo contrario: “Tú no puedes ser mi esposa, eres un cardo verrugoso y ballenato. Doctor, por favor, vuelva a dormirme, a ser posible definitivamente”. Entiendo que esta segunda versión, con sus variantes de sexo, lugar y modo, ocurre a diario millones de veces al despertase el personal por la mañana en su casa y mirar al ser vivo que se encuentra a su lado. Que la vivencia de Jason Mortensen sea un acontecimiento multitudinario me deja pasmado. No lo pillo.

      Te contaré mi anécdota médica, mucho más sugerente, en la idea de conseguir, por lo menos, 80 millones de visitas. Ocurrió hace algunos años. Ya existían los móviles, pero todavía no se podía grabar con ellos (creo). Una dolencia me llevó a operarme en la Clínica de Navarra. No era grave, pero la utilización de un láser en una zona próxima a los genitales y al miembro viril me preocupaba sobremanera. En otras palabras, al menor descuido del doctor me podría cambiar el nombre por Manuela (ver la entrada “Cambio de nombre”). Todo fue bien, o por lo menos eso comenta mi mujer la noche de los sábados. Tardé en despertar de la anestesia, pues al propio medicamento se le unió mi pereza genética. Solo unos guantazos sañudos del médico me trajeron de vuelta, pero más grogui que un fumeque de maría tras su primera experiencia. Según cuentan las crónicas navarras a cada enfermera con la que me cruzaba, cinco, la alababa su belleza y la solicitaba en matrimonio. Por suerte, al llegar a la habitación también se lo pregunté a mi esposa. En los siguientes días fui la comidilla de la planta de dermatología. Un número anómalamente alto de enfermeras, a cuál más fea, acudieron a realizarme las curas, por si salían de la habitación comprometidas. Incontrovertible.