Ser católico

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   Ser católico es dificilísimo, extremadamente exigente. ¡Quién diga lo contrario no sabe de qué va la guerra! Me refiero a un católico fetén, el que aspira a ser santo. Los últimos papas han afirmado ¡no tengáis miedo!, lógico, al personal le da espanto. Bien es cierto que todos los entendidos en este asunto –santos, padres y doctores de la Iglesia, papas…-comentan que vale mucho la pena, que es impresionante, incluso ahora en la tierra.

   Para mí los católicos aguantamos principalmente por dos razones, que no son excluyentes: la primera, por la promesa de la felicidad presente y, sobre todo, la eterna y la segunda, por cariño a Dios.

   Personalmente la felicidad primera, la terrenal, esa indiscutible y pasmosa de la que hablan los místicos, santos y juglares, la del día a día –el hoy y ahora-, no la consigo pillar casi nunca. Y es que a hoy sigue mañana, que traerá otro afán, posiblemente no tan perfecto. La ventura del más allá, el cielo, en el que pienso poco, me resulta lejanísima, por lo que me anima poco al curro. Respecto al cariño a Dios…, todavía ando en la fase preliminar, en el intercambio inicial de postales, como cuando antiguamente te marchabas allén de los mares y te carteabas con una chavala a la que te habías declarado en el último momento.

     En cualquier caso, para tu tranquilidad y la mía, tengo leído que el mejor santo es el que no hace nada, sino que deja a Dios todo el trabajo (ver los post “El decálogo”). Y aquí jugamos con mucha ventaja, pues esta práctica apenas la sabe nadie. Incontrovertible.