El crucifijo de Francisco

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No es la idea de este bolg estar a la que salta, pero no puedo pasar esta oportunidad. Resulta que el Papa Francisco ha reconocido que, cuando era obispo auxiliar en Buenos Aires, robó a un sacerdote muerto, en su velatorio, la cruz del rosario, con el que rezaba, y que habían colocado entre sus manos. papa Francisco 2Desde entonces, Francisco lleva siempre la pequeña cruz con él, en una faltriquera. http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=34344

     Cuando yo contaba dieciséis años, durante el veraneo en el pueblo, en el habitual paseo vespertino con la pandilla, para ocupar la tarde, terminamos en el cementerio de la localidad. El pueblo era pequeño, ubicado en la montaña y con un cementerio acorde al índice de mortandad de una población reducida. Una tapia delimitaba el recinto y una puerta de hierro de doble hoja daba acceso al mismo. La puerta permanecía siempre cerrada. Saltamos la tapia y   deambulamos entre las tumbas. Íbamos tranquilos, éramos varios chavales, tan solo las seis de la tarde y entonces, los zombis, como tales, no existían, sino que se llamaban muertos vivientes o fantasmas. cementerio 2Todas la tumbas estaban cubiertas por una lápida gruesa de granito; algunas, además, incluían a la cabecera una cruz grande y vertical o un ángel, también de granito, y otras tenían pegado, sobre la losa, un crucifico pequeño con la cruz de madera y el cristo de mármol. Fue esta cruz de Valentina García Salvador la que yo robé. Una virguería de crucifijo, perfecto para colocar en mi cuarto.

     Tan ufano estaba con mi adquisición que cometí el error de enseñárselo a mi madre, amén de confesarle su procedencia. A la mañana siguiente volví a saltar la valla del cementerio. Al depositar el crucifijo en su sitio el cristo me guiñó.

     Esta es la verdadera razón, hasta hoy nunca declarada,  por la que no llevo ningún crucifijo colgado al cuello, me pasaría las horas delante del espejo esperando un bis, sino medallas bien de la Virgen, bien de los santos, como Santa Hildegarda de Bingen, doctora de la Iglesia, o San José de Arimatea, patrón de los funerarias. Incontrovertible.