La bañera

Azucena, su hermana, fue la que me contó la historia y tal cual os la trasmito. Espero que la misma sirva de ayuda para gordos y fontaneros. He mantenido los nombres, las fechas y la información más relevante por petición expresa suya.

     Oswaldo Uribe murió de hambre. Oswaldo fue el mexicano de 47 años premiado, en 2007 en el Cuaderno de las Marcas Guineanas, como el hombre más obeso del mundo –llegó a pesar casi 600 kilos-. Lo chocante y absurdo, me relató Azucena, es que falleció a causa de la dieta que llevaba para poder estar sanito y beneficioso.                                                                    figura

     Oswaldo estuvo sus últimos once años de vida sin poder moverse de la cama. ¿Cómo y dónde se pesaba    -pregunté a Azucena- si no se podía levantar ni para lavarse? Ella me relató que un ingeniero, experto en cálculo de estructuras, era el encargado de hacerlo. Desde luego no parecía trabajo para un becario –pensé yo entonces.

     Tanto zampaba Oswaldo que su óbito trajo un cambio significativo en su familia: de pobres de solemnidad se convirtieron de pronto en una familia con posibilidades. Los dos abuelos pudieron dejar el geriátrico municipal y los tres hermanos pequeños abandonar la esclusa estatal. Eso sí, tres colmados de su municipio, San Nicolás de los Garza, en la periferia de Monterrey, tuvieron que cerrar por las escasas ventas.

     Azucena me detalló como en 2010 Oswaldo perdió entre 230 y 250 kilogramos con ayuda médica y una dieta estricta. Esta experiencia marcó sobremanera a su hermano, pues su existencia siempre había consistido en un incremento, la suma constante, la marcha hacia adelante. Los doctorcitos, sin medir adecuadamente las consecuencias, le introdujeron, súbitamente, en el regreso, la perdida y lo negativo. Ello llevó  a Oswaldo a un estado sombrío y apenado.

     Un año después los médicos mandaron a Oswaldo nuevamente al hospital para continuar con su pérdida de peso, otros doscientos kilitos. ¿Por qué no comenzaron tan arduo desafío cuando Oswaldo pesaba doscientos kilos o incluso trescientos o incluso cuatrocientos –pregunté a Azucena- en vez de dejarlo llegar a los 600? La culpa de este desafuero fue de las listas de espera en el servicio de salud mexicano, y es que la obesidad es uno de los principales problemas de salud en México.

Héctor, el padre, opinaba que de haber seguido engordado su hijo hubiese fallecido prontamente, como decían los doctorcitos, pero feliz. Sin embargo, el tránsito a la otra vida le ocurrió en el hospital, solo, indefenso y abatido. Una dieta siempre lleva aparejada una congoja y un desconsuelo grande y la soledad de las grandes gestas.

     ¿Cuántos kilos perdió el finado antes de su óbito –pregunté también? Azucena no quiso contestarme esta pregunta, como tampoco la modalidad dietética impuesta. Solo me contó que las causas preliminares de la muerte fueron una arritmia cardíaca, la pérdida de líquido en las piernas que le causó deshidratación y descompensación y la penita de no reconocerse en el espejo.

     En el momento del entierro Azucena impresionó grandemente a todos los presentes al recordar las palabras que le narró Oswaldo una semana antes de fallecer: “a morir no tengo miedo, a morir sin hacer la lucha sí”. Y es que toditos entendieron “ducha” en vez de “lucha” y pensaron si no sería que Oswaldo anduviese inquieto en aquellos días por no haber perdido todavía suficientes kilos para caber en la bañera.