Memoria y olvido (Primera parte)

 

En una ocasión quise elaborar una lista, un borrador, con anécdotas propias interesantes sobre las que poder escribir, pero no recordé ninguna. Al rato el papel seguía igual de blanquito y el bolígrafo de mi primera comunión continuó sin estrenar (además resultaba factible que la tinta se hubiese carbonatado hacía décadas).

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           Soy consciente de que cada día recuerdo menos cosas. waterMe preocupa sobremanera olvidar. No recordar es como si una parte de mí se hubiese escurrido por el sumidero del lavabo.

           En el otro extremo de mi coyuntura de olvidaditis se encuentra Brad Williams. William es un estadounidense que lo recuerda todo, cada detalle de su vida. Así recordará sin dificultad alguna qué llevaba puesto, qué desayunó y qué conversación tuvo con su compañero de autobús de la escuela el 25 de octubre de 1990. Brad Williams recuerda cada momento, cada movimiento, cada palabra… de toda su vida. Brad sufre hipermnesia, es decir, exceso de recuerdos, un trastorno de la memoria realmente extraño que le hace tener una memoria autobiográfica prodigiosa.

           Las personas que padecen el síndrome de hipermnesia son capaces de recordar cada evento de su pasado, sobre todo los personales, de forma obsesiva. El sistema de memoria de Brad funciona, según ha relatado él, ligando los sucesos, acontecimientos, datos, etcétera con sus recuerdos más personales. Por ejemplo, “esa mañana del 25 de octubre nos visitó el tío Eduard por sorpresa”.

           James McGaugh, de la Universidad de California, el mayor experto en este síndrome, ha comprobado la existencia de otros 13 casos en todo el mundo. Entre ellos, el  de Jill Price -publicado en la revista Neurocase en 2006-, la violinista Louise Owen y la actriz estadounidense Marilu Henner -que confesó recordar toda su vida desde que tenía 11 años en el programa de la CBS 60 minutos-. Del estudio de estas personas se concluye que recuerdan por asociación: un recuerdo personal y distintivo les conduce a un acontecimiento o, mejor dicho, a una multitud de información. Me parece un buen sistema, pero ¿qué ocurre cuando ya se han marchado por la cañería la mayoría de esos recuerdos personales?, ¿cómo se pueden recuperar? ¿En qué evocación ato el hilo para que la cometa no se continúe escapando?

           En los últimos años el divulgador Eduart Punset nos ha explicado esto mismo, es decir, que todos nuestros recuerdos se encuentran entrelazados en una red de asociaciones no lineales (esto es un reflejo de la estructura física del cerebro). Esta naturaleza asociativa no lineal de nuestro cerebro imposibilita que registremos conscientemente nuestra memoria de un modo ordenado. Dado que nuestros recuerdos no siguen ninguna lógica lineal, no podemos buscarlos de manera secuencial sino utilizando otros métodos, ¿cuáles? Un recuerdo solo pasa directamente a la conciencia si le da pie otro pensamiento o percepción.

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           Así pues todos nosotros debemos tener fijados en algún lugar de nuestra memoria los acontecimientos particulares que han supuesto un hito en nuestra vida. ¿Cómo podemos llegar a ellos? Son los recuerdos que no se olvidarán durante muchos años e incluso en toda la vida. En mi caso, desgraciadamente, esos recuerdos importantes apenas aparecen y de conseguirlo son difusos y parcamente detallados. Es posible que no resulten tan importantes como yo creo; pero, ¿quién decide eso?, ¿cuáles son mis experiencias más vitales y por tanto más arraigadas?, ¿dónde se encuentran mis recuerdos? Lo que yo evoco habitualmente, por el contrario, son esos pequeños recuerdos escasamente significativos, que tienen poco que ver con aquellos otros recuerdos que, a través de mecanismos cerebrales constantes y extremadamente complejos, se labran un sitio perdurable en la memoria a largo plazo. Me parece que algo falla en mi cabeza.

 memoria 4          Puedo afirmar que nuestro cerebro es sumamente desordenado, lo sé por experiencia. Por tanto, debemos dedicar tiempo y esfuerzo en enseñarle métodos de archivo, como si fuese un niño pequeño, aunque esta tarea resulte hercúlea. La acuciante duda que ahora me asalta es si nuestro cerebro no estará configurado genéticamente para funcionar de una forma invariable, con independencia de todos los esfuerzos que hagamos por enseñarle, o sea, si realmente podemos arreglar el desaguisado o las cartas ya han sido repartidas.