La vida en un cuaderno

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A Alicia Q. dormir fue alterándola sobremanera. Durante sus últimos meses en la tierra la existencia, la vida que hasta entonces había llevado, se le fue modificando y extraviando de dormida en dormida. Sobre cuando comenzó exactamente tan extraña realidad, ni siquiera ella supo dar cuenta.

Un día se enfadó muchísimo por no encontrar los zapatos rojos con cordones malvas, los de tacón mediano y hebilla azul, esos que combinan perfectamente con la falda de tiro liso. Y, una vez se apaciguó de la perdida, se percató de que últimamente extraviaba demasiados objetos y se le olvidaban bastantes acontecimientos. Por ello, decidió permanecer más atenta a esos detalles.Con su nueva actitud de constante vigilancia Alicia Q. comprobó que, al despertar cada mañana, algo se había modificado en su realidad. Durante una primera época fueron pequeños detalles: el cortacésped que no encontraba, la cafetera desaparecida y hallada en su ropero o la butaca estampada, su preferida, que apareció en el garaje, sobre la mesa de pin pon. Cuando despertaba cada mañana o después de una siesta algo en su entorno se había turbado o subvertido.

cubo-agujereado Pasado algún tiempo las paradojas se volvieron más peculiares y extrañas. Pronto conoció a todo el personal de los departamentos de neurología y medicina interna del hospital comarcal. También acudió a tres psiquiatras, pues faltando uno que comprendiese la dolencia bueno serían por lo menos otros dos.      En ese punto fue cuando decidió que, en tanto no diagnosticaran con certeza su dolencia, dejaría de dormir para así conjurar los efectos devastadores que esto tenía en su vida. Sin embargo, nunca consiguió mantenerse en vela más de cuarenta y ocho horas seguidas. Con el agravante de que, entonces, tras estos estériles intentos de insomnio, caía en un sueño más profundo y al despertar la mutación resultaba todavía mayor.

Según pasaron las semanas el padecimiento se centró en los extravíos, esas pérdidas tan significativos y transcendentales. Así, una mañana se percató de que había perdido a su perro. No lo recordaba en absoluto, ni su nombre, ni su aspecto, pero por la casa se encontraban pruebas reales de su pretérita existencia: el bebedero, la correa de paseo… En otra ocasión no encontró su ropa en ningún lado, pues sencillamente esta había desaparecido. Otro día amaneció y no recordó cuál era su trabajo y mucho menos dónde tenía que acudir.

A Alicia Q. nadie le daba razón de su alteración. Eres un caso único, le comentaban los doctores con admiración y pasmo.

cuaderno-3Alicia Q. se compró un bonito cuaderno, con una gruesa espiral y tapas azules. En él escribía las citas pendientes, los recados, las compras que debía hacer, etcétera. Al principio la idea le resultó útil, pues cuando se despertaba y ojeaba las anotaciones parecía que afianzaba ese día, que el hecho de apuntar algo evitaba que por allí hubiese fugas. Pronto comprendió que, por peculiar que parezca, no podía dedicar más de una hoja para cada día y que cuantos más aspectos y datos apuntase tanto mejor se encontraría. Por eso su letra pasó a ser minúscula. Su vida reducida a páginas, la vida en un cuaderno.

 El cuaderno también desapareció, en dos ocasiones, por lo que optó por atárselo a la mano izquierda mientras dormía. Más adelante pasó a trabarse también una mochila. En ella guardaba sus objetos más necesarios, el resumen material de su quehacer, pues había comprobado que lo que mantenía en contacto con ella mientras dormía continuaba allí al despertarse. ¿Existía algún sentido transcendente al hecho de tumbarse en el sofá a leer o ver la televisión y despertar sin encontrar ni el libro ni la tele?

El desafuero fatal, el que le hizo perder el juicio, ocurrió el día que dejó de recordar a su hijo, aunque supo, por las evidencias y los testimonios, que este vivía con ella.  En ese punto hubieron de internarla en el psiquiátrico, no tanto por la dolencia en sí, que no resultaba peligrosa, sino por la desesperación que la embargaba.

calle porticada

Una mañana su doctor la dejó dar un paseo por la ciudad, y ella no regresó. Al día siguiente encontraron su zapato derecho, el zapato rojo con cordón malva, el de tacón mediano y hebilla azul, esos que combinan perfectamente con la falda de tiro liso, y el cordón del zapato izquierdo en el zaguán de la mercería de la plaza porticada.