Recetas refrescantes para el estío inglés (2ª parte)

Salí a la terraza a airearme, pues temía desembuchar. La noche aparecía mate, no debía hacer frío, pues el frío se sobrelleva y sin embargo yo a los pocos segundos ni notaba mi piel. Al final terminé doblada sobre la borda más descompuesta que una caja de costura. ¡Vaya desperdicio de cena! John Henry se situó a mi lado en la barandilla preguntándome, el muy cretino, si me ocurría algo. Era tal el atropello sufrido, la rabia que me provocaban las laceradas críticas de su revista y el mal sabor de boca que se me había quedado que sencillamente cuando se marchaba cogí una silla de la terraza y empecé a golpearle con ella en la cabeza. barco de nocheEl hombre quedó curvado sobre la barandilla bastante perjudicado, inútil del todo. Yo salí huyendo asustada y me refugié tras un recodo esperando comprobar qué ocurriría cuando se incorporase. Como no se levantase aproveché para ir a mi camarote a enjuagarme la boca, retocarme y coger una toquilla para el frío. Medía hora después, él continuaba doblado. Me acerqué con cautela, llamándole en un susurro. Al rozarle la mano percibí que se encontraba helado, pero lo que me sobresaltó  fue no encontrarle el pulso, y lo que me conmocionó fue que al quitarle la máscara del disfraz apareciese el capitán Jefrey Q.. Para enderezar el error decidí tirarle por la borda a las aguas del fiordo noruego de Geiranger, pero no pude porque el cuerpo, con el frío extremo, se había quedado pegado a la barandilla, igual que la lengua a un helado de pera.

copa champang  Regresé al salón del baile con la esperanza de sosegarme y de arreglar la estrategia. A la cuarta copa de champagne Veuve Cliquot me sentí persona. Al fondo del salón divisé a John Henry que charlaba con una señorita algo feúcha. Llamé su atención con la mano y acudió a mi lado. “John Henry –le revelé – preciso tus besos, vayamos a la terraza”. “¡Pero querida –me contestó-, fuera hiela!”. “Yo te calentaré” –le tuve que decir-. Con arrumacos y zalamerías le aproximé sin que se diera cuenta al cuerpo extinto del capitán. Allí aprovechando una distracción le golpeé en la sien izquierda con la botella de Moët y Chandon que había cogido en el salón. Mi plan consistía en dejar ambos cuerpos en la barandilla para que sus óbitos pareciesen producto de una disputa. Sin embargo, ilógicamente, el capitán revivió justo en el momento en que yo remataba mi plan ahogando al desfallecido John Henry con mi toquilla.

!El capitán vivía!, sí bien todavía continuaba boca abajo pegado a la barandilla. John Henry, siempre tan imbécil, postrado boca arriba en la baranda, no terminaba de morirse. Yo, horrorizada, contemplaba la escena sin intuir siquiera como acabaría ese drama.

Regresé al salón, lo atravesé a la carrera y entré en la cocina. Allí, mientras era saludada por los cocineros y camareros que estaban cenando lo que me pareció pechuga de pavo al estragón, agarré un cuchillo de trinchar y comencé el regreso. Sin embargo, tarta frambuesainterrumpí la salida ante el maravilloso olor que desprendía una tarta de frambuesa. Me serví un trocito y entonces, con la trata en una mano y el cuchillo en la otra, retorné al salón.

Tanta agitación terminó por atraer la curiosidad de algunos ociosos que aprovecharon mi paso para acompañarme. En el tiempo que tarda en cruzarse una puerta de terraza modifiqué mis planes, pues el sigilo me había abandonado. Al final utilizaron el cuchillo y algo de agua caliente para despegar al capitán Jefrey Q. de la baranda y respecto a John Henry bastaron con los dos cachetes que le proporcionaron. Las primeras palabras del capitán Jefrey Q. en el salón, tras conseguir deshelarse los carrillos y la lengua con un té hindú, fueron para acusarme de intentar asesinarle. John Henry se unió a tan absurda equivocación.

Pasé los siguientes tres días encerrada en mi camarote, en espera del juicio. Aproveché esos días de comida carcelaria para escribir buena parte de mi nuevo libro. Con tanto afán había descubierto una faceta mía hasta entonces ignorada y eso había provocado el regreso de la inspiración. Un subalterno me servía de lazarillo con el mundo exterior proporcionándome recetas que yo hermoseaba a mi gusto: bien de las poblaciones por las que pasábamos, bien plagiando las de los restaurantes del barco, bien las que le pasaban el recién creado Club de defensoras de Cecilia Scoot Hardy.

abogadosLógicamente fui absuelta pues carecía de todo raciocinio pensar que una señorita de mi posición quisiese matar a nadie. También pesó sobremanera mi declaración que demostraba que mi papel consistió en salvarlos del ladrón de la capucha negra atrayendo a este hacía mí con peligro de mi vida. Por último debió ayudar el detalle de mencionar que para matarlos yo me hubiese limitado a tirarlos por encima de la baranda. Tras la absolución pasé a ser una heroína. El capitán besaba mis pies, pero John Henry me rehuía pues, según me confesó con vergüenza más tarde, las pasiones desenfrenadas no casaban con su carácter.

recetario 2

Tras el viaje Julieta H., mi representante, me dejó de importunar, desconozco sí por el éxito de ventas del nuevo libro, ¿quién lo dudaba?, o por la relación que percibiese entre lo que le relataron que había ocurrido en el crucero y el inquietante título del nuevo recetario: “Recetas letales para gente irritante”.

                                                                               FIN